Película encantadora y eterna

Estamos ante una película encantadora, con el sello de John Ford como director y un excepcional guion del propio Ford y Frank S. Nugent, basado en un cuento del escritor irlandés Maurice Walsh, con el cual adquirió fama en su momento. El libreto combina elementos de drama, romance y comedia en las justas dosis para crear una obra equilibrada, bella y deliciosa, con lances de humor que mueven a la carcajada.
La primera parte de la historia The Quiet Man apareció en la revista norteamericana Saturday Evening Post en 1933 y fue todo un éxito, que curiosamente, con el tiempo, quedaría ensombrecido por la fama del filme que inspiró.
Escribe Kurt que estamos ante una «comedia en estado de gracia que transpira el mejor talento de John Ford en cada plano. A pesar de su aparente sencillez, llevó años financiarla, pero afortunadamente tras su estreno se convirtió en un clásico inmediato. (…) Un filme homérico, de una magia irrepetible». Para redondear la faena, funcionó muy bien en taquilla en Estados Unidos y Europa. Y fue Oscar a dirección y fotografía color, de un Winton C. Hoch, artista total del ramo.
Fue un proyecto largamente acariciado por Ford, un cineasta muy encasillado en el western, como sabemos. Pero no es hasta 1952 cuando nuestro director logró reunir una producción con dos millones de dólares para marchar con su equipo a rodar en escenarios reales, para mayor verismo de la historia, lo cual consigue.
En la películase cuenta la historia de un famoso boxeador estadounidense, Sean Thornton (John Wayne), un hombre tranquiloque por una tragedia profesional (sobre su conciencia pesa la muerte de un boxeador llamado Johnny Galleano, fallecido en un combate), se ha prometido no volver a pelear. En fin, que regresa a su Irlanda añorada, a su pueblo Inisfree, de donde salió a los doce años, para recuperar su granja y olvidar el tormentoso y dramático pasado que le pesa como un fardo.
No tarda en percatarse de que la vida entre los habitantes de Inisfree no va a resultar tan placentera como esperaba, pues el temperamento irlandés y las reglas que rigen en la comunidad son desconocidas para él, a la vez que las llevan a efecto con gran rigor y seriedad.
Y ahí va Thornton a comprar su casa natal y los terrenos que la rodean, pero para su infortunio tropieza frontalmente con los intereses de un propietario rural llamado Willy Danaher (Victor McLaglen, actor que ya había protagoniza con Ford El delator, en 1935), un matón corpulento y temido en el pueblo que va apuntando en su libreta a todo aquel que va en su contra.
Paralelamente, Thornton se fija en una hermosa y temperamental mujer campesina llamada Mary Kate (Maureen O’Hara). Se enamora y al poco descubre que es una mujer de endiablado carácter, a la sazón hermana de Danaher, o sea, su futurible cuñado, que no tardará en ser su mayor enemigo en el pintoresco pueblo.
Debido a las costumbres del lugar, para conseguir a la chica, Thornton deberá enfrentarse asuntos para él nuevos, como la dote de ella o la pedida de mano a su hermano, el cual se niega a darle a Mary su dinero y pertenencias, pues además no le gusta el pretendiente. Pegas y barreras sin fin y mil detalles más, que a un norteamericano le parecen ridículos, pero que en el pueblo se lo toman muy pero que muy en serio.
Finalmente, Thornton conquista a Mary, pero como su hermano insiste en negarle la dote, al quebrar la costumbre de un matrimonio cabal se hace inviable; además le propina un feroz puñetazo que lo tira al suelo en la ceremonia de boda. Pero Thornton, por su promesa hecha a si mismo no responde a la agresión. Curiosamente, su mujer se toma muy mal la actitud supuestamente cobarde de su marido, le pierde el respeto y se encierra en casa.
Finalmente, ante los menosprecios de su mujer, Thornton decide ir directo al grano: busca a su esposa en un tren en el que está a punto de partir, la saca a empujones del vagón y la arrastra hasta la casa de Willy Donaher. Thornton reta a pelear a Donaher, el cual acepta y se enzarzan en una pelea.
Todo el pueblo está anhelante en presenciar la lucha entre los dos hombres. Una pelea de cine, antológica, brutal pero divertida, con los luchadores a puñetazos recorriendo el prado que entorna al pueblo, con sus habitantes detrás haciendo apuestas por uno u otro contrincante… y que acaba a mamporros de todos contra todos.

El punto final lo pone el maestro de ceremonias, Michaleen Flynn (Barry Fitzgerard) hombrecillo muy respetado en el lugar que, tras cortar la tumultuosa batalla, reinicia la pelea entre los dos contendientes principales. La policía, las señoras del lugar, el clero, todos pendientes del resultado… ¡hasta los moribundos resucitan! Lo que concluye es que Thornton se gana el respeto de su esposa y el de todo el pueblo.
Se trata de una comedia brillante, de las buenas, con un John Ford sembrado y un genial libreto, unido a las interpretaciones de alto nivel de John Wayne y Maureen O’Hara, junto a un grupo de protagonistas secundarios importantes como Barry Fitzgerald, Ward Bond, Victor McLaglen, Jack MacGowran, Arthur Shields y Mildred Natwick, a cual mejor.
Desde luego la química no exenta de bronca de John Wayne y Maureen O’Hara (cinco películas juntos, tres de ellas con Ford) hacen más que creíble su tumultuoso noviazgo. Ese amor a primera vista y el compromiso entre ambos solo prosperará cuando el pasivo y retraído protagonista olvide su historia como boxeador y acepte, finalmente, ir a las manos, a pelear con los puños desnudos con su rudo cuñado.
La ambientación es maravillosa. La preciosa fotografía de Winton C. Hoch y Archie Stout aprovecha la belleza natural de la campiña y de la costa irlandesa, realiza con maestría las escenas de acción y construye un homenaje al pueblo llano irlandés, a sus costumbres tradicionales y a la característica prevalencia en el mismo de la tipología pelirroja. Y, obvio, el costumbrismo que rezuma y los paisajes del filme rodado en exteriores irlandeses, hace creer que estamos de lleno en el corazón de la Irlanda rural, tradicional y profunda.
La banda sonora de Victor Young y Richard Farrelly potencia la sensación de estar viendo un cuento, una historia alejada del mundo real, un espacio cercano al territorio de los sueños, la nostalgia y la leyenda. La música incluye una vibrante partitura original de aires celtas y románticas notas, además incorpora canciones populares tan bonitas como Turalye Anne, Galway Bay y The Isle Of Innisfree.
Es una cinta de inusitada ternura y sencillez, a la par que propicia la confraternización; obra de templado pulso, hermosa y con un enorme sentido del humor. Como escribe Palomino: «una obra plácida, serena, íntima, pero de hondura inabarcable».
No en vano, esta película obtuvo el Oscar a la mejor dirección y a la mejor fotografía, amén de siete nominaciones más en su momento. Una genial película, de elevada talla.

Como apunta Palomo: «El milagro del cine eterno, inabarcable, vive en El hombre tranquilo, como en otras tantas obras de Ford, gracias a un cineasta que acaricia sus imágenes, que ama a sus personajes, que convierte la magia del cine en la vida misma».
Película que algunos han considerado como un auténtico acto de amor de Ford al terruño de sus ancestros, a la vez que obra maestra, que acudió a sus raíces, a su querida Irlanda, para contarnos la historia de un exboxeador que regresa a su pueblo tras de su emigración a América.
Quien la vea no la olvidará y su ánimo y su espíritu remontarán el vuelo durante los 97 minutos que dura. Yo la vi hace poco de nuevo. Ya la he visto varias veces antes. La preferí, obvio, a otros estrenos de cacharrería, violencia gratuita o atletismo sexual.
Concluyendo: una película eterna, que habla de personas rurales y sencillas de la Irlanda profunda, de amor, de costumbres y ritos, una cinta de siempre para cualquier época, para cualquier edad y que sirve también como documento histórico, social y antropológico.
Obra irrepetible que consigue que la pequeña localidad de Innisfree acabe siendo tan del espectador como de Sean Thornton. Incluso la palabra magia se queda corta para definirla. Es de esas obras auténticamente buenas y perdurables, sobre todo en la retina de quienes la hemos visto, más aún si se ha visionado varias veces.
Un canto a la vida, al amor y a la amistad. Para todos los gustos. Deliciosa, imprescindible y muy aconsejable.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Artículo parcialmente publicado en FilmAffinity
