Fulgor en la nieve
«Mi amado, las montañas…».
(San Juan de la Cruz)

El último largometraje silente de Ernst Lubitsch, Amor eterno (1929), no es una obra mayor dentro de su filmografía, pero constituye un digno drama romántico, excelentemente dirigido y con unas interpretaciones notables.
A lo largo de sus 72 minutos de metraje, se desarrolla una potente trama sentimental a cuatro bandas, planteándose una temática de larga tradición artística: la imposibilidad de que dos personas que se aman puedan estar juntas. El arranque del filme resulta ejemplar para situar el espacio, el tiempo, los personajes, sus conflictos. El hecho de que sea una creación muda propicia que las miradas de los personajes, su gestualidad, sus movimientos, cobren más relevancia.
Nos encontramos en un pueblo montañoso de Suiza, durante la ocupación francesa, hacia 1806. En ese enclave alpino, hay un cazador, Marcus, que se niega entregar sus armas a las autoridades, lo que le generará la animadversión de los vecinos. Marcus —un sublime John Barrymore— aparece desde un primer momento muy bien caracterizado con su morral, su escopeta, su sombrero cinegético, el corzo que acaba de cazar. Marcus corta unas flores entre la nieve.
De pronto, en las alturas nevadas, aparece la audaz Pia, que ama al cazador, pero que es consciente de que ella no es la destinataria de las flores, sino que estas van a ser regaladas a la mujer que ocupa el corazón de Marcus: Ciglia —una magnífica Camila Horn—, la sobrina del reverendo. De ahí que Pia arrebate el ramo a Marcus y lo sepulte en el níveo suelo.
Llama la atención en Amor eterno la sencilla puesta en escena, el pueblo suizo con sus casas y su iglesia, rodeado de montañas. A su vez, la combinación de secuencias colectivas —cuando los vecinos entregan sus armas, o la celebración de las bodas, o la persecución final— y duales —principalmente, las protagonizadas por Ciglia y Marcus—, poseen un aire que recuerda al Ford de ¡Qué verde era mi valle! (1941) y al Renoir de La gran ilusión (1937).
El estilo narrativo de Lubitsch sorprende por su poeticidad y hondura, con la utilización de brillantes encadenados, que aportan un claro dinamismo a la historia, y un prodigioso empleo de los primeros planos para potenciar el clima romántico del largometraje.
Existe en Amor eterno, una espléndida correlación de algunas secuencias, como las que vemos a Ciglia preocupada, mirando por el pequeño recuadro nevado de la ventana. La nieve, con toda su simbología melancólica y gélida, ejerce de pertinente contrapunto a las pasiones de los protagonistas, la llama que no cesa, el fulgor irreductible.
En ocasiones, Lubitsch recurre a los diálogos por medio de títulos; a menudo, simplemente con la kinésica nos damos cuenta del torrente sentimental de los personajes, ese caudal de emociones, del deseo a la tristeza, del amor al miedo, de los celos a la esperanza.
Dentro de los cuatro personajes que vertebran la diégesis, acaso el de Lorenz (Victor Varconi) sea el de menor consistencia en la película, en cierta medida ensombrecido por la hegemonía protagónica de Marcus y Ciglia, y por la versatilidad y la fuerza dramática de Pia (Mona Rico).
Asimismo, el filme cuenta con algunos momentos humorísticos como el de los campaneros o la transición de la sorpresa de Ciglia al asombro de Lorenz, y cómo cada personaje queda tumbado de la misma forma en el sofá, bebiendo un vaso de agua. Esta mezcla de secuencias románticas y divertidas será una seña de identidad del cine de Lubitsch y de uno de sus máximos admiradores: Billy Wilder.

Por otro lado, conviene mencionar la trascendencia de la música, a cargo de Hugo Riensenfeld, clave para enfatizar los pasajes amorosos y los más dramáticos, conflictivos. En una época, finales de los años 20, donde se estaba produciendo el paso del cine mudo al sonoro, Amor eterno cuenta con algunos momentos de sonido en directo, como el apedreamiento de la casa de Ciglia y la consiguiente rotura de las ventanas, de evidente valor simbólico, pues desde los cristales de su hogar, Ciglia veía las montañas nevadas, el territorio de su amado Marcus. Penélope cinematográfica que teje, que anhela, que suspira al ver las cumbres de nieve, que espera desesperada.
Esta película casi centenaria, adaptación de la novela de J. C. Heer Der Köning der Bernina, posee un desenlace de marcada impronta shakespeariana, una variante lúcida de Romeo y Julieta (1597). No estamos en la ciudad de Verona, sino en un pueblecito de los Alpes suizos. Y el veneno y la daga son ahora una avalancha de nieve que no logrará sepultar del todo el amor de Ciglia hacia Marcus, de Marcus hacia Ciglia, amantes perdurables, más allá de la muerte.
Al igual que otros maestros, como Chaplin, Keaton, Lang o Hitchcock, Lubitsch se formó en el cine mudo, aprendió en él su arte fílmico, y en ese período silente se encuentran las bases de algunas de sus esplendorosas creaciones futuras.
«Se querían, sabedlo».
(Vicente Aleixandre)
Escribe Javier Herreros Martínez
