Humor, romance y musical

La película sigue al conde Alfred Renard (Maurice Chevalier), un agregado militar conocido por sus deshonrosas y escandalosas aventuras amorosas en París. Después de un sonado escándalo, es enviado de regreso a su país natal, Sylvania, como castigo.
Abre la cinta con una secuencia sensacional cargada de ironía y un auténtico legado de su director Ernst Lubitsch, quien cuidaba mucho que ya desde el inicio el espectador quedara atraído por la historia.
El escenario es así. Nos encontramos en la habitación de un elegante hotel en París. Con la consabida complicidad de una puerta y el off narrativo, asistimos al enfrentamiento, por disputas amorosas, entre el conde Alfred Rennard y una de sus amantes. Ambos entran y salen, diálogos agudos y equívocos, la inconveniente presencia de una liga femenina y la aparición del iracundo marido engañado, todo lo cual concluye en un fortuito asesinato que no será tal. El fragmento ya sirve para definir la condición de conquistador de Rennard.
El conde acaba siendo desterrado de Francia a Sylvania por un veterano diplomático, que ha sido igualmente víctima de las conquistas del apuesto agregado militar, con su esposa, sin ir más lejos.
Ritmo, contexto y slapstick
Ayudado por la utilización de un tempo narrativo singular, la cinta, de transcurso lento, avanza a centrándose en el desarrollo de los personajes, momentos intrincados y una acumulación de tensión que conduce a un clímax poderoso y explosivo. Lubitsch construye secuencias que conectan con el slapstick, siendo estos los instantes más atractivos de la obra.
Ello se extiende al mostrar el entorno que rodea a Sylvania, con turistas que solo miran al palacio real cuando les dice el guía su coste en millones de dólares; además, aprehende una corte y un gobierno que aparecen compuestos por incompetentes.
Un contexto en el que la reina Louise (Jeannette MacDonald), solo piensa en olvidarse del tema del matrimonio que tanto le advierten y urgen sus asesores, como importante obligación real. Lubitsch nos ofrece abundantes aguijonazos en ese aspecto.
La reina casadera y el galán inopinado
En el país de Sylvania pasan los días y los miembros del Consejo de Estado están muy preocupados porque la reina Louise no consigue casarse con ninguno de sus pretendientes. Pero hete aquí que Renard es llevado ante su presencia para recibir su castigo por las faltas cometidas en París. Al conocer a la reina, monarca joven y encantadora, Renard queda impresionado y a renglón seguido la consigue seducir.
Lo que comienza como un encuentro por razones del deber de Estado, se transforma en una historia de amor genuino, llena de malentendidos cómicos y momentos románticos. Sylvania, por fin, va a tener a un príncipe consorte que jura ante la iglesia ser dócil y obediente.
Además, Rennard supondrá para la monarca la ocasión para encontrar un hombre sumiso que acepte ocupar un papel secundario en ese entorno de gobernantes y otras personas influyentes, cada cual con sus intereses y sus estrechas mentes.
Pero como se verá más adelante, pese al aparente amor nacido entre ellos, lo cierto es que tras convertirse en príncipe consorte, Rennard evidencia su aburrimiento, mostrando una inicial rebelión contra su esposa y reina, poniéndola incluso en evidencia dentro del rígido protocolo, e incluso decidiendo plantearle el divorcio.

Los comienzos del musical sonoro
Conocido por su «toque Lubitsch», aporta su característico estilo a la película, combinando humor sofisticado, romance y música. Este filme es notable por ser su primer musical sonoro, lo que marcó una transición importante en su carrera.
Lubitsch utiliza diálogos ingeniosos y situaciones cómicas para mantener el interés del espectador, mientras que las canciones y números musicales están integrados de manera fluida en la narrativa. Ello con guion de Guy Bolton y Ernest Vajda, (adaptación de una opereta, originaria de Leon Xanrof y Jules Cancel), y una excelente fotografía de Victor Milne (B&N) muy adecuada.
Maurice Chevalier brilla en su papel de conde Alfred, aportando carisma y encanto a su personaje (a veces un poco cargante). Su habilidad para la comedia y la canción lo consolidó como una estrella en Hollywood. Jeanette MacDonald, por su parte, nos brinda una actuación encantadora como la elegante reina Louise, mostrando tanto vulnerabilidad como determinación. La química entre Chevalier y MacDonald es palpable y añade una capa adicional de disfrute a la película.
La banda sonora, compuesta por Victor Schertzinge, incluye varias canciones memorables que se han convertido en clásicos. Los números musicales no solo son entretenidos, sino que avanzan la trama y despliegan los papeles de los personajes. Canciones como Love Parade y Dream Lover destacan por su melodía pegadiza y sus letras amorosas.
El desfile del amor es un musical que se adentra en temas como el amor verdadero versus las apariencias, el deber y la responsabilidad, y la búsqueda de la felicidad. A través de su hibridación de humor, música y romance, Lubitsch logra hacer una crítica sutil a las normas sociales y a las expectativas de la época.
El éxito de esta obra ayudó a establecer el género de la comedia musical en Hollywood, influyendo en muchas películas posteriores. Podría decirse que, por si le faltaba algo, con esta cinta, Lubitsch bien puede considerarse un precursor de los musicales hollywoodienses.

Humor y convenciones
Este filme tiene diversos y variados elementos de interés humorístico. Por un lado, nuestro director ofrece una capa de ironía y puro sentido del humor, que bordea la frontera del ya señalado slapstick. Las carreras de Rennard y Luoise por las grandes escaleras del palacio, el recurso al enfrentamiento de los criados de ambos cuando sus amos se enfrentan —también los perros de ellos—, toques absurdos manifiestos en el comportamiento unos gobernantes trasnochados, espectadores que aplauden inesperadamente cuando Rennard acude, ya tarde, al palco de la ópera. Y así.
Otros episodios divertidos destacables como el que sucede antes de la ceremonia de la boda entre ambos, que ya anticipan y anuncian la mala suerte de Rennard por casarse, incluyendo un cameo de Ben Turpin como como mayordomo bizco. Detalles todos que provocan la sonrisa y la sátira, en un filme próximo a lo que se dado en llamar «guerra de los sexos», aunque lo que se dirime, curiosamente para el estándar, es la rebelión del macho sobre el dominio de la hembra.
Curiosa perspectiva que proporciona un elemento de singularidad a una película que, pese a su considerable diseño de producción, a veces no se distancia lo suficiente de los convencionalismos kitsch, de sus convenciones escénicas, o de recurrir en exceso a un Maurice Chevalier que por momentos puede resultar enojoso con tanta sonrisa, versus la naturalidad de Jeannette McDonald.
Conclusión
La película recibió elogios por sus actuaciones, especialmente las de Chevalier y MacDonald, y por su innovador uso de la música y el sonido en el cine. Fue nominada a seis premios Oscar, incluyendo mejor película y mejor director.
En su estreno, la película fue bien recibida tanto por el público como por la crítica. Con el tiempo, ha sido reconocida como una de las obras maestras de Lubitsch y un clásico del cine musical. Su influencia se puede ver en muchas comedias románticas y musicales que vinieron después.
En resumen, película que combina de manera magistral humor, romance y música, con actuaciones destacadas y una dirección brillante. Es un ejemplo perfecto del «toque Lubitsch» y sigue siendo una obra querida y apreciada por los amantes del cine clásico.
Escribe Enrique Fernández Lópiz
