Una obra maestra

El director berlinés Ernst Lubitsch (1892-1947), hijo de un sastre judío de origen ruso, desde joven mostró interés por el mundo del teatro. Sin haber cumplido los veinte años, comenzó a actuar en la compañía del prestigioso director teatral y productor cinematográfico Max Reinhardt.
Incorporado definitivamente a la industria del cine, a partir de 1914 comenzó a dirigir películas de distinto formato. Su primer largometraje llevaba por título Als ich tot war (1915). La princesa de las ostras (Austernprinzessin, 1919) fue su primer intento de proponer una comedia basada en la sugerencia, la elipsis y una planificación visual a veces ilógica.
Obtuvo una gran aceptación con películas como Carmen (1918), Madame Dubarry (1919), Romeo y Julieta (1920), El gato montés (1921) o La mujer del faraón (1921). Viajó por primera vez a Estados Unidos para acudir al estreno de esta última. Volvió de nuevo con un contrato para dirigir a Mary Pickford en Rosita, la cantante (1923), una decepción comercial en la época, pero ahora considerada un tesoro cinematográfico. Desde principios de los años 20, Ernst Lubitsch se había convertido en el director de cine más importante de Alemania.
Después de varios intentos, Lubitsch se instala definitivamente al otro lado del Atlántico. Aunque su fama se había sustentado en el éxito conseguido con películas dramáticas, en Estados Unidos se arriesgó a proponer un nuevo estilo de comedia sustituyendo el slapstick, por un formato en el que primaba la sugerencia, la crítica irreverente y unos diálogos inmejorables.
Contratado por la Warner, en Los peligros del flirt (The Marriage Circle, 1924), incorpora sus subversiones sobre las convenciones morales estadounidenses y su puritana visión sobre el sexo. De hecho, construyó un nuevo modelo de comedia sofisticada para la era muda. Luego pasó a la Paramount para rodar La frivolidad de una dama (Forbidden Paradise, 1924), con Adolphe Menjou y Pola Negri.
Ya en el periodo sonoro se consagró con la llamada «alta comedia» de la que se le considera fundador. Destacó también en el terreno del musical con películas como Paramount on Parade (1930).
El toque Lubitsch
El famoso «toque Lubitsch”» se caracteriza por un humor sutil que generó algunas de las mejores comedias de la historia del cine y un subgénero en sí mismo. La llamada screwball comedy (que podemos traducir como «comedia sofisticada» o «comedia excéntrica”»). Se trata de comedias con unos argumentos retorcidos, lleno de enredos y de giros inesperados, que dan pie a unas historias de un aire despreocupado y una (aparente) ingenuidad, pero además con hallazgos brillantes para provocar la sonrisa; todo ello apoyado en unos diálogos ingeniosos, prácticamente insuperables.
Su capacidad de sugerencia era proverbial y, basándose en ella, conseguía hacer participar a los espectadores. Conseguía que lo que imaginamos que sucede es aún más interesante y gracioso que si lo estuviéramos viendo expresamente.
Junto con Lubitsch cabe mencionar como directores característicos de este tipo de comedias a nombres como Frank Capra, Howard Hawks, Leo McCarey, George Cukor o Preston Sturges, que en las décadas de los 30 y 40 del siglo pasado, instauraron la gran comedia clásica hollywoodiense.
Con este bagaje, Lubitsch dirigió la famosa sátira propagandista contra la irracional rigidez soviética Ninotchka (1939), y más tarde la mordaz sátira antinazi Ser o no ser (1942), Se trata de dos obras maestras, a situar entre las mejores comedias de todos los tiempos. La primera, en la que nos vamos a centrar aquí, fue escrita por los guionistas Billy Wilder, Charles Brackett y Walter Reisch, basándose en una historia de Melchior Lengyel.
Ninotchka
Ninotchka fue producida y dirigida por Ernst Lubitsch para la Metro-Goldwyn-Mayer, con Greta Garbo y Melvyn Douglas como actores principales. Obtuvo cuatro candidaturas a los Oscar: película, actriz principal, guion y argumento. Fue rodada en los estudios de la Metro y su duración es de 110 minutos.
La acción se desarrolla durante 1938 y transcurre en París. Se inicia con la llegada a la ciudad de la luz de tres miembros de la Junta de Comercio de la Rusia soviética. Han sido enviados a París para obtener dinero para su Gobierno, mediante la venta de las joyas confiscadas durante la revolución de 1917 a la Gran Duquesa Swana, que vive en la capital francesa. Los tres camaradas se instalan en un hotel de lujo.

Tras conocer la noticia, la Gran Duquesa envía a su amante Leon, el conde d’Algoult, para que «convenza» a los bolcheviques de las ventajas y los placeres del capitalismo. Mientras, denuncia la venta de las joyas, de manera que sean los tribunales franceses los que diluciden quién es el verdadero propietario de las alhajas.
Dada la tardanza en resolverse el conflicto, el Gobierno ruso envía a una comisaria política, Nina Ninotchka Ivanovna Yakushova, a resolver la situación. Se trata de una convencida comunista, fría, pragmática y ajena al mundo occidental.
De manera casual, una tarde Ninotchka conoce al conde d’Algoult, que se siente fascinado por ella, sin saber que se trata de la comisaria política enviada por Moscú. Poco a poco, el conde va transformando la frialdad e indiferencia de Ninotchka en una atracción mutua, de manera que ambos terminan enamorándose. El choque cultural y de personalidades da lugar a situaciones de lo más divertidas. La interpretación de Greta Garbo, hierática, gélida, y su interacción con el bon vivant al que da vida Melvyn Douglas, que intenta seducirla, resulta muy convincente. Es la primera participación de la actriz en una comedia.
En ese momento la intérprete sueca era una de las grandes estrellas de la meca del cine y en esta película (la penúltima que interpretó antes de su prematura retirada a los 36 años) brilla de manera especial, bien arropada por el resto del reparto. Fue nominada al Oscar como mejor actriz por este papel.
En el elenco, junto con Greta Garbo y Melvyn Douglas, intervienen Ina Claire, Bela Lugosi, Sig Ruman, Felix Bressart, Alexander Granach y Gregory Gaye entre otros.
La depresión económica y la guerra de las primeras décadas del siglo XX encontraron un poderoso analgésico en estas comedias inteligentes y divertidas. En sus propuestas Lubitsch incorporaba de manera sutil un mensaje político, que resulta palmario en Ninotchka o en Ser o no ser: las personas de buen corazón están en peligro cuando toman el poder los fanáticos. Sus personajes vulnerables, pero con capacidad de iniciativa, proyectaban una realidad que aún hoy sigue simbolizando la gran utopía humana.

En la estela de Ninotchka
Inspirada en Ninotchka, se estrenó en Broadway, 15 años más tarde, una versión musical, Silk stockings, cuyo éxito propició su adaptación cinematográfica, titulada La bella de Moscú (1957). En el remake de la película original se añadieron nuevas canciones y coreografías. La trama ya conocida propone una historia en la que una enérgica muchacha soviética es enviada a París para lograr que un importante compositor, que ha decidido vender su talento al mundo capitalista, regrese a Moscú. Seducida, sin embargo, por el amor de un joven, también ella elegirá París, y el mundo placentero que representa.
Silk stockings, dirigida por Rouben Mamoulian, fue rebautizada en España como La bella de Moscú; su carácter de musical dulcificaba en cierto modo el mensaje de la historia original. De hecho, sus números de baile son lo mejor que contiene el filme. Cyd Charisse y Fred Astaire protagonizan unas brillantes coreografías. En uno de los números más espectaculares, ambos bailan en el decorado de un estudio de cine, atravesando platós y esquivando, mientras danzan, los elementos que encuentran a su paso.
Epílogo
Después de estrenar otros grandes éxitos, como El bazar de las sorpresas (1940), Lo que piensan las mujeres (1941) y especialmente Ser o no ser (1942), Lubitsch rodó El diablo dijo no (1943), El pecado de Cluny Brown (1946) y La dama del armiño (1948), que ya no pudo concluir (fue finalizada por Otto Preminger). Aunque estuvo nominado en tres ocasiones a los Oscar como mejor director, nunca lo obtuvo. En 1947, pocos meses antes de su muerte, recibió un Oscar honorífico por toda su carrera.
Escribe Juan de Pablos Pons
