Remordimiento (The broken lullaby, 1932), de Ernst Lubitsch

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El trauma de las guerras

No estamos ante una película que propiamente pueda clasificarse de género bélico.  Si así fuera, con toda seguridad, no la habría firmado Ernst Lubitsch. Ni su interés por las temáticas sobre violencia ni su estilo creativo le hubieran permitido mostrar lo cruento tanto del amor como de la guerra.

El cineasta hilvana imágenes y sonidos para sugerir y a partir de ese hilo que sean los espectadores quienes imaginen lo que consideren. Nos invita a reconstruir los significados de lo que permanece oculto tras las puertas que se cierran en sus comedias. La cámara nunca acompaña a los personajes hasta los interiores, así le queda al espectador la tarea de recrear lo que ha quedado fuera de campo.

En Remordimiento, por ejemplo, ni siquiera muestra el acto violento que desencadena el drama latente en todo el metraje de la película. Cunado el niño Fritz sale de la consulta del Dr. Holderlin (interpretado con solvencia por Lionel Barrymore), cierra la puerta con malos modos y ya no volvemos a saber nada de él. Bueno, salvo por el parecido fonético de su nombre con el título del remake de François Ozon: Frantz (2016), en la que sí se muestra el disparo homicida.

Remordimiento cautiva al espectador porque Lubitsch cuenta la historia empleando planos y secuencias muy elegantes, plagados de recursos expresivos de buen gusto. En muchos casos tocados por la ironía e incluso el humor, para que desde la butaca imaginemos los horrores de aquella guerra en territorio europeo.

Ernts Lubitsch nace en Berlín a finales del siglo XIX en una familia judía que regentaba un pequeño negocio de sastrería. Aunque desde muy joven se interesa por el teatro colaborando con distintas compañías, pronto comienza a trabajar en el cine mudo. Sus primeras producciones cinematográficas las realiza en la industria alemana, hasta que a finales de la década de los 20 migra a los Estados Unidos.

De algún modo se puede decir que la trayectoria de este director aparece marcada por el tránsito entre dos mundos: de la industria europea a la norteamericana, del teatro al cine, del cine mudo al sonoro, del drama a la comedia de la que acaba siendo maestro indiscutible.

No solo se ocupa de la dirección, también tiene intervenciones relevantes como guionista, músico, intérprete o productor, etc. El dominio de tales disciplinas, le favorece el incluirse y colaborar con los grandes del Hollywood de la época, como Billy Wilder, Fritz Lang, Otto Preminger u Orson Welles, entre otros muchos.

Remordimiento se incluye ya en el primer período de su producción americana, en particular fue producida por los estudios Paramount Pictures y se estrenó en 1932. Los antecedentes de la película se encuentran en los trabajos de adaptación teatral de la novela de M. Rostand, L’homme que j’ai tué, de 1925, y de la obra de teatro The Man I Killed.

En la preparación definitiva de la película intervinieron en el guion algunos de sus colaboradores habituales como Reginald Berkeley, Samson Raphaelson, Ernest Vajda. No obstante, la película no funcionó entre el público y tampoco convenció a la crítica, pese al creciente prestigio adquirido por el director en la industria de Hollywood.

El aparente fracaso de la película llevó a Lubitsch a abandonar el género para concentrarse en la comedia, por lo que en su extensa filmografía no hay propiamente ninguna otra obra dramática.

Remordimiento se localiza a finales de 1919, justo cuando habían cesado las hostilidades entre las potencias beligerantes en la Primera Guerra Mundial.

Tras el silencio de los cañones

La historia que cuenta Remordimiento se localiza a finales de 1919, justo cuando habían cesado las hostilidades entre las potencias beligerantes en la Primera Guerra Mundial. La presentación arranca con las imágenes de la celebración en París del primer aniversario de la firma del armisticio que resolvió provisionalmente el reparto del «botín de guerra».

El volteo de las campanas o el desfile entre aplausos con los que arranca la película, no son más que recursos narrativos que le permiten a Lubitsch poner de manifiesto los nefastos y contradictorios sentimientos que aparecen cuando las guerras acaban. Tras el silencio de las bombas aparecen entre la población los traumas y patologías derivados del conflicto bélico, coyuntura en la que el director sitúa el relato de esta película.

A fin de no desviar la atención de lo importante, Lubitsch renuncia a las imágenes espectaculares de las trincheras con soldados heridos y mutilados o muertos. Se vale de un soporte visual y sonoro mucho más amable para mostrar los sufrimientos psicológicos y sobre todo morales de un joven excombatiente francés llamado Paul Renard (interpretado por Phillips Holmes).

La sensibilidad artística del joven músico, no le permite olvidar que poco tiempo antes en el frente le había disparado al soldado Walter Holderlin del ejército alemán. Pese a haberse producido en el campo de batalla, no admite que esto deba ser así y se revuelve contra la naturalización del asesinato. Actitud que le provoca conflictos morales y de personalidad, hasta el punto de proponerse volver a Alemania para pedir perdón a los padres del soldado muerto en combate.

El drama interior de este personaje, junto a los que provoca con su visita a la familia del soldado alemán, son los ingredientes con los que el director construye un relato creíble y claramente antibelicista. En el transcurso del cual el director toca cuestiones tan relevantes como la empatía generada por la cultura (música y pintura), la capacidad de perdón, la intolerancia de la religión o la aceptación de ciertos engaños y debilidades de la vida cotidiana, como el rechazo de la vecindad hacia Elsa (Nancy Carroll), prometida del soldado muerto y ahora enamorada del soldado francés.

Mensajes y reflexiones que se destilan de la sucesión de imágenes tomadas desde el punto justo, acompañadas de música y sonidos siempre orientados a reforzar el drama interior que viven los personajes.

La puesta en escena

Tal como se comentó más arriba, los inicios Lubitsch fueron en el teatro y muy pronto también en el cine mudo. De uno y otro ámbito artístico aparecen referencias en Resentimiento, desde los escenarios hasta el movimiento de los actores y actrices en ellos. Otro tanto se puede decir respecto a la composición de planos y encuadres, pasando por los títulos de crédito. En definitiva, son muchos detalles que remiten a la estética del cine mudo.

Sin embargo, Resentimiento es ya una película de cine sonoro a cuyo estilo no se han adaptado plenamente los y las intérpretes. De ahí la coincidencia de las críticas al poner de manifiesto la rigidez del elenco de la historia y en particular los personajes de Paul y Elisa. Del conjunto de personajes, no obstante, destaca la convincente y muy buena interpretación del padre y doctor Holderlin encarnado por el actor Lionel Barrymore.

Por otra parte, la historia se cuenta haciendo pasar a sus protagonistas por diferentes escenarios, lo que sin duda supone un importante esfuerzo de producción. Hay escenas que transcurren por las calles de París, en trenes saliendo de la estación, en el pueblo alemán donde vive Elisa con los padres de su malogrado prometido, pero también aparece una iglesia, museos, un palacio de conciertos, el cementerio o la taberna local, etc.

Tanta variación de escenarios, sin duda, le confiere dinamismo al relato y hasta tintes de veracidad, a lo que también contribuyen de forma decisiva las piezas de música clásica y el conjunto de la banda sonora dirigida por Franke Harling.

Resentimiento es ya una película de cine sonoro a cuyo estilo no se han adaptado plenamente los y las intérpretes.

Secuencias para disfrutar

Pese al escaso metraje, la película tiene muchos momentos brillantes o lo que los estudiosos de la obra de este director señalan como «toque Lubitsch». En este sentido merecen una mención especial las imágenes iniciales con los títulos de crédito sobreimpresionados.

Arranca la historia mostrando durante unos segundos las campanas volteando, el estruendo del disparo de los cañones fuera de plano, una iglesia llena de militares asistiendo a misa y en la calle desfilando los soldados. La cámara, detrás de los espectadores que aplauden el desfile, desciende hasta que aparece en primer plano, ligero contrapicado, el muñón de la pierna izquierda de uno de esos espectadores. No se puede decir más en menos tiempo, introduciendo al espectador en la historia que nos quiere contar a partir de sugerentes destellos.

Hay otro fragmento de la película magistralmente construido, tanto por lo que se refiere a la parte visual como al mensaje que lanza, y que tampoco está exento de una enorme carga crítica. En relación con esta secuencia como también puede atribuirse al conjunto de la película, es un preclaro alegato antibelicista y en esta ocasión puesto en boca del doctor ante sus amigos en la taberna del pueblo. El referido doctor que es el padre de Walter, el soldado alemán muerto, llega a la reunión con algo de retraso, mientras tanto los congregados han ido dando buena cuenta de las jarras de cerveza y algún entrante.

Cuando el doctor se incorpora y escucha los comentarios de sus amigos, toma la palabra para decir con tono de voz elevado, que tan responsables de la muerte de los jóvenes soldados son los del ejército francés, como ellos mismos en tanto que padres. No solo se alegran de que sus hijos se alisten, sino que además salen a las calles a aplaudirles cuando desfilan. Por tanto, no deben eludir responsabilidades porque mucha la tienen ellos mismos.

El doctor concluye su discurso y renuncia a quedarse en la taberna. Así que con gesto ceremonioso toma el abrigo además del sombrero y sale a la calle donde se produce un momento memorable cinematográficamente hablando. El doctor se queda parado junto a la puerta y parece que recapacitando sobre la oportunidad de lo que les ha dicho a sus amigos. En ese momento se oye el ruido acompasado de un desfile militar, la cámara se vuelve al fondo de la calle, pero no se ve nada, simplemente el ruido se desvanece poco a poco. Una vez más el juego dentro/fuera de campo invita a los espectadores a activar su imaginación.

Otra secuencia de mucha tensión dramática, al tiempo que, con una enorme carga crítica, se localiza en el interior de la iglesia una vez terminada la misa, por cierto, qué fuerza recobra el plano en el que solo vemos en el extremo de los bancos la hilera de espuelas y sables de los militares.

Pues bien, con un plano cenital vemos vacía la iglesia salvo una persona reclinada sobre un banco que, de pronto se levanta y va hacia el confesionario. Es el abatido protagonista pidiéndole al sacerdote que lo acaba de confesor, que no le basta la penitencia por sus hipotéticos pecados, sino que lo libere de la zozobra que le aflige por haber matado a un hombre. Ufano y soberbio, el sacerdote le dice que en la guerra matar a un hombre no es pecado, aunque si lo siente así que se vaya a la consulta de un psiquiatra. La crítica hacia la religión católica no puede ser más contundente.

Además de las palabras, el director se vale de múltiples imágenes para poner de manifiesto su declarado antibelicismo.

Humor refinado

La buena y cuidada elaboración del guion se descubre en las escenas que podríamos calificar como humorísticas pese a estar montadas en un drama. No solo aparecen en el momento justo de la narración fílmica, sino que además transcurren en medio de exquisitos diálogos e imágenes siempre muy precisas.

Una de estas secuencias, sin duda, es la que se produce en un encuentro casual en el cementerio. Una madre llora desconsolada ante la tumba, se supone, de su hijo fallecido. En ese momento llega la madre del soldado «protagonista invisible» de la película, probablemente a visitar la tumba de su hijo. Pero antes, en el pasillo del cementerio, se encuentra con esa otra madre a quien trata de consolar. Sin embargo, mitigan los sollozos introduciendo en la conversación la cantidad de ingredientes que le ponen al mazapán: dos tazas una de ellas y la otra solo una. Aclaradas las diferencias vuelven al duelo inclinándose sobre la tumba de sus respectivos hijos.

Otra secuencia cargada de humor con retranca y ejecutada con suma eficacia narrativa es cuando los vecinos del pueblo se enteran de la llegada del pretendiente de la desolada prometida del difunto Walter Holderlin. Mediante el ruido de las ventanas y puertas al abrirse, sus habitantes se van avisando para asomarse y enterarse de la novedad. Probablemente en aquella pequeña población no hubiera mayor novedad que la del forastero paseando por las calles tratando de consolar a la muchacha.

Destacar también cuando el doctor Holderlin atiende en su consulta a un niño porque al parecer se ha peleado con alguno de sus amigos y tiene un descalabro en la cabeza. Tras el examen el doctor le dice que lo mejor es que guarde las fuerzas para luchar contra los franceses y aunque el niño dice no entender nada, cuando sale de la consulta se vuelve y exclama «¡A mí nadie me llama francés!».

Algo parecido sucede en el cementerio, al preguntarle Elsa al sepulturero quien ponía flores en la tumba de su novio, este le contesta que no lo conoce, pero le ha dado 10 francos de propina. Lo dice en tono despectivo y como queriéndose deshacer de ese dinero, mientras sigue preparando el hoyo para otro féretro. Esta misma secuencia en el remake de Ozon tiene otro tratamiento: el sepulturero le muestra una moneda y tras reconocer que es un franco la guarda mientras tira un escupitajo de desprecio.

La cuidada elaboración del guion se descubre en las escenas que podríamos calificar como humorísticas pese a estar montadas en un drama.

Más allá de Resentimiento

Pese a las críticas iniciales muy poco favorables a Remordimiento, lo cierto es que con el paso del tiempo ha concitado la atención tanto entre los académicos y estudiosos de su obra como entre otros muchos directores de cine. De hecho, ahí está el remake de Françoise Ozon, Frantz (2016), de mayor metraje (113 minutos) y, tal vez, más confuso el relato al tratar de ofrecer los puntos de vista de los coprotagonistas, Anna y Adrien.

El tono de esta versión es mucho más de comedia que la primera, de hecho, Anna descubre que Frantz viajaba a París no tanto a estudiar música como a pasárselo bien probablemente en compañía del soldado francés. Desengaño que podría explicar el desenlace de la película en el museo del Louvre contemplando el cuadro El suicida, de Manet.

La película de Ozon también es en blanco y negro, con secuencias intercaladas en color y, sobre todo, con muchas aportaciones estilísticas desconocidas en el momento que se produce la primera versión. Según manifestación de este director, su fuente principal de inspiración no es la película de Lubitsch, sino que hace una relectura de la novela de Maurice Rostand algo distinta a la del director alemán.

De hecho, el montaje en Frantz es diferente: arranca mostrándonos a Anna camino del cementerio, donde Lubitsch pone un desfile militar Ozon muestra el paso de una charanga por la calle, a Adrien le gusta la pintura de Manet mientras que el soldado francés estaba impresionado por los cuadros religiosos de la crucifixión, en Remordimiento la tumba es lugar de peregrinación y también en el remake, si bien ahora Anna aclara que el cadáver de su prometido no está allí sino en algún lugar del campo de batalla francés.

Comparten asimismo el tono claramente antibélico y algunos otros detalles como el tono jocoso e incluso de reproche de los personajes alemanes contra los franceses. De hecho, el doctor le dice a Adrien en su consulta que se comportan con la prepotencia de «la Francia victoriosa».

El viaje interior y geográfico de los coprotagonistas, aunque con distintos propósitos, es otro de los recursos con el que los dos directores tratan de sacarlos de su encierro emocional: en Remordimiento para redimir la culpa y en Frantz para pedir perdón a la familia alemana, el discurso de uno presidido por el dolor y el del otro por la impostura.

The broken lullaby (Remordimiento) es un alegato contra el desgaste físico y moral de las guerras.

Coda final

A partir de lo que se ve y oye en la pantalla, sin ninguna duda The broken lullaby (Remordimiento) es un alegato contra el desgaste físico y moral de las guerras. El doctor se lo dice a sus amigos reunidos en la taberna, pero antes ya se lo había manifestado en tono destemplado al soldado francés Paul Renard cuando le visita en su consultorio.

Además de las palabras, el director se vale de múltiples imágenes para poner de manifiesto su declarado antibelicismo. Imágenes como las del desfile, las camas de mutilados en el hospital, el grito de terror de un paciente al oír un cañonazo o la hilera de tumbas en el cementerio. Y con tal propósito Lubitsch pone a los espectadores ante el drama vivido por unos personajes, de los protagonistas y de quienes les rodean, en pleno estrés postraumático, para utilizar una expresión actual. Pese a lo cual, es preciso curar las heridas físicas y morales para recuperar la paz y el entendimiento entre los pueblos.

Aunque resulte un sueño imposible, convendría recomendar el visionado de esta película a todos esos líderes políticos que mantienen guerras atroces en distintas partes del mundo (Gaza y Ucrania por mencionar los más recientes). En este sentido la película no ha envejecido lo más mínimo, pues muchas de las reflexiones que Lubitsch vierte siguen vigentes y sobre las que todos deberíamos reflexionar en tiempos tan complejos como los actuales.

Escribe Ángel San Martín

Aunque resulte un sueño imposible, convendría recomendar el visionado de esta película a todos esos líderes políticos que mantienen guerras.