Pedro, el negro (Cerný Petr, 1964), de Milos Forman

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Forman y su exitosa ópera prima

La película es la historia cotidiana de Pedro (sensacional Ladislav Jakim), un aprendiz de 16 años que acaba de comenzar su trabajo de verano como dependiente en una tienda, aunque no tarda en comprender que su principal cometido es vigilar para evitar hurtos.

Precisamente, esta tarea de vigilar a los clientes es una representación del clima de sospecha del régimen comunista del momento y Forman se apresta a mostrarnos que la vigilancia degrada tanto al vigilado como al vigilante.

Aunque el jovenzuelo se siente principalmente llamado por la diversión y el ocio, quiere su triste destino y también su padre que tenga que ir al supermercado y aguantar a su jefe y director del almacén (Frantisek Kosina), que es un mandón y un pesado, y, por supuesto, soportar estoicamente los reproches de su padre en casa (personaje que interpreta brillantemente el actor aficionado Jan Vostrcil) y la resignación de la madre (bien Bozena Matuskova).

Justamente, Pedro se mete en líos después de echarle el ojo a un cliente sospechoso (Antonin Pokorny) y haber sido demasiado tímido como para dirigirse a él. No cabe la tibieza en estos casos, pero el muchacho tiene sus limitaciones.

En casa, su pedante padre prosigue con sus sermones a cada tanto (aquí el padre sirve a modo de símbolo del Estado socialista paternalista) y para colmo de males, su novia se desvive por un amigo suyo del pueblo (Majka Gilarova).

La película está basada en una novela de Jaroslav Papousek (amigo de Forman), pero el director acierta a combinar de manera tan acertada y sensible las actuaciones de sus intérpretes que los diálogos, más que literarios parecen auténticos, como si fueran grabaciones de conversaciones reales. Por ejemplo, las frases vacías con las que el padre bombardea al apático Pedro son una ilustración de la brecha generacional y del fastidio de que suponían los mayores para aquella juventud.

Para más, los adultos hablan sin parar y los jóvenes apenas encuentran espacio para expresarse. La película retrata una sociedad donde la autoridad no se cuestiona, pero tampoco se comprende. Pedro no se rebela: simplemente no encaja. Su pasividad es, en cierto modo, una forma de resistencia.

El muchacho intenta acercarse a una chica, Míla (Jaroslava Razova), en un baile local, pero su inseguridad lo paraliza. En esta y otras escenas se puede ver que no hay grandes giros dramáticos. El cuento se construye a partir de episodios casi anecdóticos que, sin embargo, revelan un profundo malestar generacional.

Como luego ocurre en otras de sus películas, Forman convierte la vida cotidiana en un espejo donde se reflejan las tensiones sociales, en este caso de una sociedad rígida y desconectada de las aspiraciones de la juventud. Ello, con una estética naturalista, que combina espontaneidad y control, con un magisterio sorprendente para ser su ópera prima.

Esta obra maestra, antesala del nuevo cine checo (la Nouvelle vague checoslovaca) llevó a la gran pantalla algo a lo que los espectadores y cinéfilos de ese país no estaban acostumbrados: un mensaje auténtico sobre la brecha generacional y sobre lo que los jóvenes buscan y no encuentran, un mensaje que apunta entre líneas hacia la decadencia y el provincialismo de las relaciones sociales de aquel tiempo.

Un mensaje auténtico sobre la brecha generacional y sobre lo que los jóvenes buscan y no encuentran

Obra fundacional del Nuevo Cine Checoslovaco

Estamos, pues, con este primer largometraje de Milos Forman, con una cinta que, amén de interesante, fue una de las películas que definió el tono del nuevo movimiento cinematográfico checo de los sesenta, caracterizado por el realismo cotidiano, un humor tímido e incluso retraído, amén de una crítica social que, aunque suave, es incisiva y encierra un profundo interés por la juventud atrapada por expectativas externas no genuinas y poco interesantes para los muchachos.

O sea, cine de sesgo humanista y sarcástico, una sensibilidad hacia los marginados por las estructuras sociales y un talento excepcional para capturar la verdad emocional en situaciones aparentemente triviales.

Forman hace una filmación tan natural que incluso puede parecer improvisada, pero que, sin embargo, está cuidadosamente construida, para mostrar la incomodidad de vivir en un mundo cuadriculado, rígido y burocratizado.

Torpeza como resistencia

La historia sigue a Pedro, un adolescente que empieza a trabajar como aprendiz en una tienda, donde su tarea es vigilar a los compradores y detectar posibles ladrones. Pero Pedro es tímido, inseguro y torpe, y su incapacidad para cumplir con el mandato de los adultos —su jefe, sus padres, incluso la chica que le gusta— se convierte en el motor tragicómico del filme.

En la obra no vemos grandes conflictos, pero sí un cúmulo de pequeñas humillaciones y silencios incómodos, que revelan la presión social sobre la adolescencia.

De modo que Forman no se ahorra nada y arremete contra todo cuanto puede, utilizando su inteligencia y su astucia para criticar implacablemente el régimen checoslovaco comandado por el Partido Comunista bajo el liderazgo de Antonín Novotný, quien concentraba el poder total al ocupar los dos cargos más importantes del país: secretario del PC checo y presidente de la República.

Pedro, un adolescente que empieza a trabajar como aprendiz en una tienda, para vigilar a los compradores y detectar posibles ladrones

Temas principales

Entre las temáticas recurrentes de la obra tenemos el choque generacional, aspecto este que Forman retrata cáusticamente evidenciando la distancia entre adultos sustancialmente autoritarios y jóvenes, en lo básico, desorientados. Mientras los adultos hablan sin coto, los jóvenes no encuentran apenas espacio para expresarse.

En el apartado de la vigilancia y el control, que es la tarea de Pedro —vigilar a los clientes—, la cosa funciona como metáfora del clima paranoide, de sospecha y del palmario control del régimen comunista, algo que queda expuesto con demoledora claridad, aunque sin exabruptos.

Otro asunto es el de la incomodidad, algo tan presente quela película que está plagada de silencios, miradas perdidas o conversaciones bizantinas que a nada llevan. Esta incomodidad y molestia forma parte del estilo de Forman que hace asomar reiteradamente un humor que nace de lo cotidiano e incluso de lo absurdo.

Y podríamos incluir otro capítulo destacable que es el escaso interés de los jóvenes por el trabajo, un trabajo alienante y poco creativo, mal remunerado, siendo que lo que interesa al protagonista y sus amigos es estar con las chicas, la fiesta, los bailes o las excursiones campestres.

En este filme Forman ya establece los rasgos que definen su estilo humanista, punzante, con sensibilidad hacia los marginados y una gran cualidad y talento para capturar la verdad emocional y vivencial en situaciones aparentemente insignificantes y triviales.

Esta película es el comienzo del llamado Nuevo Cine Checoslovaco, movimiento que buscaba romper con el didactismo y normativismo del cine comunista oficial, para adentrarse y explorar la vida común con libertad formal y, por supuesto, un acendrado espíritu fustigador.

Un cine que se aleja de los grandes relatos heroicos que solía promover el régimen, para centrarse en lo pequeño: en la torpeza de un adolescente, la incomodidad y las anécdotas que suceden en un baile, la presión paterna, el padre como figura pedante, moralista y verborreica que no acierta a escuchar. Justamente, en este sumatorio de pequeñas cosas o aparentes insignificancias, reside la fuerza del filme.

En este filme Forman ya establece los rasgos que definen su estilo humanista

Naturalismo y precisión

La película tiene una serie de logros que la hace aproximarse, incluso, a cierto estilo documental. Es llamativa la presencia de actores no profesionales, intérpretes sin experiencia que aportan una autenticidad casi documental (como en ¡Al fuego, bomberos!). Sus gestos torpes, sus sordinas y su falta de artificio refuerzan la sensación de estar asistiendo a fragmentos de vida real.

En referencia a los actores, Ladislav Jakim encarna a Pedro, con una actuación contenida y profundamente verosímil. Su vulnerabilidad, su ineptitud y su insolvencia para responder a las demandas de mayores lo convierten en un protagonista inolvidable y a la vez entrañable.

En cambio, los actores que interpretan a los adultos (Frantisek Kosina, Jan Vostrcil o Bozena Matuskova), adoptan un tono ligeramente caricaturesco, lo que subraya la guasa social sin caer en la burla.

Tiene una fotografía en blanco y negro, sencilla en apariencia, de Jan Nermecek, cuidadosamente diseñada para capturar la incomodidad de los personajes. Una cámara que observa sin intervenir, permitiendo que las situaciones se desarrollen con un ritmo orgánico, natural. A lo cual acompaña la música de Jiri SLitr.

De otro lado, el humor es más bien observacional, el humor de Forman no busca la carcajada, sino la sonrisa amarga. Es un humor basado en la impericia y en la incapacidad de los personajes para comunicarse. Un humor, diría, dramático y profundamente humano, que revela más de lo que oculta.

Reparto y aspectos técnicos

Con la ayuda de no profesionales (personas de a pie que nunca habían actuado antes) y la poética cámara de Jan Nemecek, Milos Forman captura la autenticidad de los típicos días de verano en el ambiente de un pueblo checo a comienzos de los años 60. Expresa el sentimiento de las rebeliones juveniles surgidas en el Bloque Oriental, unos años antes de que comenzara la Primavera de Praga.

Vladimir Pucholt hace las delicias en el papel de Cenda, un aprendiz de albañil fanfarrón, cuyo sonoro «¡holaaaaa!», dicen que se hizo muy popular en Checoslovaquia.

Con relación a estos actores aficionados, Forman declaró: «Trabajé con todos mis ‘no actores’ del mismo modo, sin enseñarles nunca el texto. Me aseguraba de que comprendiesen de qué trataba la escena y cómo era la actitud de los personajes. Después filmábamos directamente. Mis ‘no actores’ recordaban siempre algunas frases del diálogo escrito y completaban el resto ellos mismos. Cuando todo iba bien, los intérpretes eran meramente ellos mismos y las palabras que salían de sus bocas daban en el clavo».

La película tiene una serie de logros que la hace aproximarse, incluso, a cierto estilo documental

Algunas curiosidades

La película consiguió el premio Leopardo de Oro del Festival de Cine de Locarno, donde superó a personalidades importantes del cine de esa época, como al iniciador de la Nouvelle Vague francesa Jean-Luc Godard con su película El desprecio (Le mépris, 1963), con Brigitte Bardot y Michel Piccoli; o al italiano Michelangelo Antonioni con El desierto rojo (Il deserto Rosso, 1964), con Mónica Vitti y Richard Harris (pongo a los actores como muestra de diferencia con los no actores de Forman).

Es una película con un presupuesto muy bajo, razón por la cual Forman buscó no actores para los papeles principales. Además, es así como definió la poética de toda su producción, apostando con frecuencia por actores originales y desconocidos, lo mismo que sucedió con: ¡Al fuego, bomberos! (1967). La excepción fue Vladimir Pucholt, quien estaba en cuarto curso de sus estudios en la Academia de Música y Artes Dramáticas de Praga (DAMU).

Conclusiones

Esta obra es en apariencia modesta, pero encierra una profundidad extraordinaria. Su retrato de la juventud atrapada por una sociedad esclerosada y pobre, su diatriba sutil al autoritarismo, y el estilo naturalista, la convierten en una pieza esencial del cine europeo de los sesenta.

Forman demuestra desde su primer largometraje una sensibilidad única para captar la verdad emocional de sus personajes y para transformar lo cotidiano en un acto de revelación.

Es una película que sigue viva porque sigue diciendo la verdad: la incomodidad, la torpeza y la duda son parte sustancial de la experiencia humana.

Esta primera película de Forman se caracteriza por su desenvoltura y levedad. El tratamiento de la imagen y la economía de la expresión se perciben, por ejemplo, durante la escena clave del baile del sábado, en la que algunos de los episodios de la historia se entrelazan con secuencias abordadas a modo de documental, ayudando a modelar la atmósfera del lugar y la tipología de los personajes.

Película profundamente política, revela la alienación cotidiana del socialismo burocrático; muestra también la vigilancia como mecanismo de control social y hace igualmente una denuncia a la incomunicación generacional.

En su vertiente más netamente política, la cinta expone la ineficacia del sistema sin necesidad de proclamas y convierte la impericia en metáfora de un país paralizado. Forman no ataca al régimen: lo desmonta. Tampoco lo enfrenta ni lo denuncia, sino que lo expone y lo retrata. Y este retrato, lleno de humor, incomodidad y humanidad, es más devastador que cualquier panfleto.

Escribe Enrique Fernández Lópiz

Milos Forman comenzó en Checoslovaquia y luego emigró a Estados Unidos