La Grazia (3)

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Decidirse por la verdad

La inspiración no se le agota a Paolo Sorrentino. Hace poco más de un año, estrenaba Parthenope, su único filme centrado en un personaje femenino.

Pero parece que las ideas hierven en la cabeza del realizador y en cuestión de pocos meses ha vuelto a filmar una nueva obra para orbitar sobre temas y argumentos ya tratados en su filmografía, aunque con nuevos añadidos. Como si nos quisiera volver a ofrecer el mismo discurso de otras veces, pero con las correcciones formales, puntualizaciones y subrayados que el tiempo y la supuesta sabiduría adquirida le han brindado.

La Grazia bien podría ser una nueva vuelta de tuerca a lo que Sorrentino nos expuso en Il Divo, Loro o La gran bellezza. Porque La Grazia es una meditación sobre el poder y el final de ciclo vital a través de un presidente italiano que afronta decisiones irreversibles.

Toni Servillo, enorme cómplice de Sorrentino, encarna aquí a Mariano De Santis, presidente de la República Italiana, que a su vez es un veterano político demócrata, humanista, católico, y gran jurista esencialmente, que enfrenta los últimos días de su mandato. Será en este momento de cambio existencial, cuando empieza a dudar sobre tres decisiones que debe tomar: dos de ellas implican conceder un indulto a personas que han cometido un homicidio de forma consciente, mientras que la tercera resolución versa sobre la aprobación para el país de una ley de eutanasia en la que cree firmemente su hija.

Será desde el silencio y la observación minuciosa que Mariano deliberará y dictará sentencia sobre su propia vida, sobre el poder de la memoria, sobre la búsqueda de la verdad y la importancia de esta. Este punto de inflexión, este canto del cisne, será al que deba hacer frente el presidente.

Como dice el protagonista, todo se revelará con la gracia, que no es solo la gracia del indulto presidencial ni la gracia divina que discute con el Vaticano. Es, según palabras del propio Mariano, «la belleza de la duda». En un momento político donde las certezas son débiles, Sorrentino reivindica lo contrario: la dignidad de quien admite no saber. Amén de también reivindicar la melancolía, la memoria, el recuerdo y emitir un elogio del pasado.

Para esta narrativa, diríamos que el director napolitano apuesta por experimentar consigo mismo. Nunca hemos sentido a Sorrentino tan fiel a si mismo, y a la vez tan alejado de sus propios parámetros. Estamos delante de una obra deliberadamente más sobria dentro de su filmografía, centrada en la duda moral y en la cuestionable importancia de la verdad.

Y este discurso es atravesado por una contención expresiva y una depuración formal que redefine algunos de los rasgos distintivos de su cine. Se aprecia una voluntad en los diálogos y en el encadenamiento de secuencias para, al igual que le sucede al protagonista, buscar una verdad más limpia y transparente, menos barroca que hasta ahora.

También en el uso de los recursos estéticos, terreno en el que ya sabemos que se mueve como pez en el agua, Sorrentino opta por una concatenación excelsa de planos compositivos. Pero aquí no hay grandilocuencia abigarrada, no hay horror vacui. Muy al contrario, aquí los planos buscan el vacío, el absurdo y la soledad del individuo. Porque el encuadre, de rasgos rotundamente pictóricos, está vehiculado como transmisor de ideas, de dilucidaciones y pensamientos dentro de la mente de Mariano De Santis.

Sorrentino opta por filmar una geometría mucho más pura, más racional, y por qué no, más austera. También La Grazia se vuelca en planos largos, escasos movimientos de cámara y un uso mucho más controlado de la música. Todo para poner acento en la gravedad del momento vital de este singular personaje que deambula por pasillos inacabables y estancias vacías.

Sorrentino, por primera vez, ha querido reinventarse dentro de su pirotecnia visual

Si ya sabemos que la puesta en escena es absolutamente esencial en el cine del director, el otro gran pilar de su cine suele recaer en la interpretación. También sabemos que su gran actor fetiche es Toni Servillo. Y aquí, desde luego, no defrauda sino más bien engrandece el mensaje, encarnando a un político honesto que se interroga el valor de la verdad y del buen hacer.

Su composición es simplemente perfecta, aunque se revela como una interpretación mucho más silenciosa, depurada e incluso, diríamos que fría, alineándose así con la economía formal que pone en práctica el realizador. Por supuesto, Mariano De Santis terminará por emitir su veredicto y ejecutará las tres decisiones que finalmente ha tomado en base a su análisis minucioso, sereno y observador.

Es esta serenidad y contención que desprende la obra es la que la hace una pieza singular y sorprendente viniendo de quien viene. La Grazia es una meditación pausada, intelectual y un tanto filosófica, que rechaza el drama narrativo al uso para hacer su apuesta en la formulación de ideas y preguntas, y haciendo del cine un espacio de ejercicio reflexivo que rechaza la emoción y apuesta por el pensamiento. Sorrentino, por primera vez, ha querido reinventarse dentro de su pirotecnia visual.

Escribe Ferran Ramírez

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