Cuestiones de medida

Al inicio de la cinta que hoy nos ocupa, vemos a su protagonista hacer varias comparaciones: cuanto mide una fractura en un glaciar, en cuanto se puede mesurar el posible descalabro de su negocio de extracción de petróleo, cuanto mide su miembro viril…
Es el preludio perfecto de una obra que se mide a gran escala. Porque estamos delante del retrato de un personaje megalómano, delante de una obra que se pretende enorme, y delante de un Alejandro González Iñárritu que se ha vuelto experto en hacer cine a lo grande.
Los primeros filmes de Iñárritu, junto con su antes guionista de bandera Guillermo Arriaga, fueron los que definieron el primer estadio de la trayectoria del realizador. La llamada trilogía de la muerte (Amores perros, 21 gramos y Babel), después estuvo Biutiful, algo así como una película puente entre esa primera etapa y la que venía después.
Su segundo estadio, el norteamericano, vino con dos bombazos que hicieron que el mexicano consiguiera algo insólito: ser premiado con el Oscar al mejor director dos años consecutivos, logro que solo él tiene el honor de poseer. Estas dos campanadas gigantescas fueron Birdman (o La inesperada virtud de la ignorancia) y El renacido, y con ambas podemos decir que Iñárritu fue algo así como elevado al olimpo de los directores de moda.
Después de tocar el cielo, Iñárritu estuvo siete años de parón laboral (solo hizo algún cortometraje, o anuncio publicitario) y volvió con otra película isla en 2022. Bardo, falsa crónica de un puñado de verdades era la particular Roma de Iñárritu en el que el director bucea en la historia de su país y se mira el ombligo una y mil veces, a la vez que se mira y se pretende en el cine de Fellini, Tarkovski o Bergman.
Porque Iñárritu ya es algo así como Zeus, y puede hacer lo que le venga en gana. Seguramente Bardo sea su cinta menos redonda, pero es la que le apetecía al realizador y, con todo, demostraba ser una voz diferente. Aunque algunos lo tachen de diferente por inaguantable.
Una extraña pareja
No podíamos ni imaginar que uno de los realizadores más ombliguistas, jactanciosos y extravagantes uniera fuerzas con su equivalente en el mundo de la interpretación de Hollywood. Por todos es conocida la sobrada figura de Tom Cruise, y su también particular forma de concebir el cine a lo grande, a lo magnánimo incluso.
Y para rizar el rizo, ambos mastodontes se unen para explicar la historia (inventada) de otro personaje que se pone el mundo por montera, se enfrente a él, agote sus recursos a base de explotación desmedida y termine por cargarse el planeta entero.
Porque Iñárritu y Cruise, que es el binomio que no vimos venir y no sabíamos que necesitábamos, nos explican el periplo de un personaje deleznable, repulsivo, tóxico y aprovechado, Digger Rockwell, que destruye todo lo que toca y quien solo tiene sentimientos por su gato moribundo.
No desvelaremos mucho más de su trama, pero baste decir que mejor vean esta cinta sin saber mucho su desarrollo porque paulatinamente, Iñárritu desarrolla un curioso juego de espejos, de narrativas, de relaciones metalingüísticas y de planos reales y ficticios que podríamos decir que enriquecen todo el torrente de imágenes que se nos despliega delante de nuestros ojos.
Ni que decir tiene que Iñárritu concibe su película a lo grande: grandes espacios, grandes decorados, grandes secuencias, grandes momentos a mayor gloria de su protagonista, grandes actores, gran fotografía y una banda sonora basada en ruidos chirriantes y en una especie de música de circo que suena a través de un megáfono estropeado serían los principales alicientes de esta bizarrada máxima que se antoja un fracaso comercial de colosales proporciones.

Y, en el centro de todo esto, está el boss, ya lo imaginábamos, Tom Cruise caracterizado en todo su esplendor en un personaje decididamente feo, sucio y nauseabundo cuyo periplo hace que de algún modo el espectador se lleve un pedazo de él. Pero, Cruise aparte —quien, dicho sea de paso, se sale—, Digger reúne a un plantel de envidia. Atención especial para Riz Ahmed y John Goodman.
Por lo que Iñárritu vuelve a arrojarnos una obra absolutamente tremendista, histérica, divisiva y arriesgada en todos los planos que uno puede imaginarse con el concurso cómplice de Cruise, que timonea espléndidamente todos los planos de esta obra. Es sátira, es farsa, es comedia exacerbada, es una de las cintas más deprimentes del año también.
Porque Digger es capitalismo voraz, es ecologismo urgente, es diseño y fotografía de dramatis personae y es una obra que seguramente necesite ser revisada en unos años. Porque su impacto precisa de paciencia, precisa saber entrar en el caos y para el golpe, ya que te mira a la cara y te escupe de forma desatada.
Desde luego, no es una cinta parta todos los públicos, pero queda claro que Iñárritu ha hecho la cinta que ha querido. Y la ha hecho para incomodar.
Escribe Ferran Ramírez
Más información sobre Alejandro González Iñárritu:
Babel
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