Thriller geopolítico con un eficiente Butler

Un sujeto conocido me dijo a la salida de esta película plan sentencioso: «película de americanitos». Bueno, pues sí, pero algo más.
Para empezar, es una buena película de acción y también un canto al cinismo de las actuales guerras donde, como dice un personaje, no se batalla por el botín. No, la cosa actual es mantener la guerra a toda costa porque la guerra, más aún en el Oriente Medio, es muy rentable para algunos listos y también para muchos tontos.
Un hervidero de enfrentamientos sale en esta película: Siria, Pakistán, Afganistán, Irán, grupos terroristas de facciones y subfacciones diferentes (Isis, Al Qaeda, Dáesh, el Estado Islámico en Jorasán…). La guerra continúa, fruto del dinero, de la cortedad mental y la bajeza moral.
Comienza la cinta con el sabotaje de un reactor nuclear iraní por parte del agente de la CIA Tom Harris (Gerard Butler), quien pronto descubrirá que su identidad ha sido revelada al poco de la destrucción del reactor. El sabotaje ha sido directamente vinculado a la CIA y él se ve forzado a poner pies en polvorosa.
La cosa es que Harris tendrá apenas de 30 horas para llegar al aeropuerto de Kandahar (Afganistán) y evitar que lo apresen o lo maten. Para llegar a Kandahar se hace con la ayuda de un traductor afgano llamado Mo (muy bien el iraní Navid Negahban), un hombre que rechaza la violencia y las muertes derivadas de los conflictos bélicos, cuya familia ha sido asesinada por los talibanes.
Perseguidos tenazmente por unos y otros grupos armados, entre los cuales se encuentra el despiadado asesino a sueldo Kahil (estupendo el actor indio habitual en Bollywood, Ali Fazal), Tom y Mo unen sus fuerzas y habilidades para llegar como sea al aeropuerto de Kandahar, convertido ahora en su única tabla de salvación.
Esta historia se desarrolla en ese laberinto de los programas clandestinos de armas nucleares en Irán y en general en el Medio Oriente, después de que la retirada apresurada de Estados Unidos de Afganistán convirtiera a la región en un auténtico Salvaje Oeste, o más de lo que ya lo era.
Hay, por cierto, hacia el final del metraje, un duelo entre el sicario perseguidor motero y Butler, ambos de frente y pistola en mano, acercándose el uno al otro mientras disparan sin parar, que no tiene nada que envidiar a esos duelos al sol de los westerns clásicos.
El director Ric Roman Waugh es especialista en cine de acción de marca, ese cine que requiere de un protagonista potente, atractivo, de lujo, al que poner ante el espectador para que sea visto y admirado, como Dwayne Johnson, Nikolaj Coster-Waldau o Gerard Butler, con quien ha hecho sus últimas películas. De estas recuerdo: Objetivo: Washington DC (2019) y Greenland: El último refugio (2020).
Gerard Butler es todo un valor para esta película, casi es, como apunta Llopart: «un género en sí mismo: el de la acción con sentido». En esta cinta el dramatismo es la guerra sucia entre agencias de inteligencia y las cloacas del estado. Pero no de los americanitos solamente, sino de todos los estados y contendientes.
Toda la historia, escrita en un apretado guion por el ex agente de operaciones especiales Mitchell LaFortune, busca equilibrar el espectáculo con algo parecido a la sustancia, retratando a múltiples agencias de inteligencia de todo el mundo trabajando juntas para ejecutar una misión imposible.
El libreto se centra en la frenética caza al hombre, a un Harris abandonado a su suerte, lo cual está muy bien matizado por atinadas cavilaciones sobre lo que significa e implica una guerra sin sentido, donde Afganistán es vista más como víctima que como agresora o verdugo; y donde la CIA se desentiende de sus agentes cuando las cosas se tuercen.
Obra que aporta profundidad al irracional capítulo de las guerras más estúpidas imaginables. Está dirigida con buen pulso por Waugh, el cual coloca importantes subrayados a la historia del lado de la conciencia, sin caer en discursos tediosos ni sermones, todo lo contrario, resulta emocionante y entretenida.
Butler se ha convertido sin remisión en un mercenario cinematográfico en el mejor sentido, siempre dispuesto a completar misiones suicidas exitosamente. Butler equivale a trabajo bien hecho incluso en las situaciones fílmicas más desfavorables.

Parece como si nuestro actor no tuviera mayores ambiciones, por lo que siempre elige papeles que estén en consonancia con lo que el público espera de él, como quien espera convertirse a sí mismo en un arquetipo de esos sobre los que podríamos decir sin rubor que vamos a ver «una película de Gerard Butler». Recuerdo a propósito la anterior a esta que hizo Butler, El piloto (2023)
El filme ofrece en su nivel más superficial un contexto atractivo, pero vago, con un procedimiento escueto. Los lugares comunes, giros vistos docenas de veces y argumentos de sketch se suceden. Hombre de acción demandado, dinero por medio, la graduación de su hija en ciernes (una llamada de su esposa deja en claro que su presencia en la graduación no es negociable), los papeles de divorcio para firmar, padre con mucha carga de trabajo que no sabemos si llegará a tiempo, amigo de un señor de la guerra, afganos tristes y chillones o disparos a gogó.
Sin embargo, si olvidamos la exigencia narrativa, el plano en lo sensorial es un disfrute para los sentidos.
Hay un tratamiento sonoro sensacional, una violencia visual excelente, la fotografía del español McGregor es un auténtico verso, amén de la atractiva música de David Buckley (habitual de las últimas películas de Gerard Butler) que constituye todo un envoltorio de hermosas notas en el relato.
Incluidos paisajes que parecen marcianos o de ciencia ficción, que contribuyen a una forma de divertimento realista. Esto alcanza cotas elevadas en secuencias como el tiroteo nocturno, las figuras moviéndose como fantasmales blancos en la noche, un helicóptero pertinaz que acabará cayendo, salvarse en fin por los pelos de una muerte segura.
Claro que no en vano confluyen, amén de Butler, un equipo de actores secundarios muy buenos, como Navid Negahban (muy bien como el atormentado traductor que acompaña en la huida al protagonista), Bahador Foladi (bien este actor iraní como policía afgano), Ali Fazal (muy eficiente y bien elegido como asesino motorizado que no cejará hasta el final), Travis Fimmel, Olivia Mai-Barrett, Nina Tousaint-White, Ross Berkeley Simpson, Vassilis Koukalani, Hakeem Jomah, Elnaaz Norouzi, Rebecca Calder, Ton Rhys Harries. Todo concluye en peli de tiros y bombas con una adecuada y justa carga política, y una tensión medida y necesaria, para que enganche y resulte de lo más animada.

Está claro que el protagonista es norteamericano, agente especial y, por lo tanto, alguien que barre para casa, sobre todo porque enfrenta al yanqui contra «extranjeros» no blancos. Pero no se puede decir que la cinta sea excesivamente tópica.
Aunque los villanos más malos provienen de Afganistán e Irán, sin embargo, no retrata a los «habitantes del Medio Oriente» de manera monolítica, como seres amenazantes, lo que se ha repetido en muchas películas similares.
Pero eso sí, al final, cuando un jefazo-CIA decide que no quiere más muertes (de los suyos, claro), podemos ver en pantalla una explosión masiva de impacto, que resulta llamativa y excesiva.
Pero bueno, creo que LaFortune quiere aclarar que incluso los personajes más hostiles en estos países están divididos y pertenecen a innumerables facciones. A su vez, cada facción tiene objetivos muy distintos. Quizá están unidos en el odio hacia EE. UU., pero la exploración de las maneras en que las coaliciones terroristas pueden fraccionarse en lo relativo a aspectos raciales, de género e incluso estratégicas, es uno de los valores interesantes de la película.
En suma, estamos ante una especie de vuelta (retroceso, regresión) a los thrillers geopolíticos de los años 90, inspirados en novelas de espionaje e inteligencia militar ambientadas en la Guerra Fría y épocas posteriores. Para quien eche de menos este tipo de películas hollywoodienses (La caza del Octubre Rojo, 1990, de John McTierman o Air Force One: El avión del presidente, 1997), esta puede ser una gran película.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos DeAPlaneta